De redes sociales y revueltas: The “Gilets jaunes” seen from my workplace

Interesante análisis publicado en LIBCOM:

“El primer tipo que mencionó los ‘gilets jaunes’ era un conductor de colectivos, particularmente racista y xenófobo y al mismo tiempo hostil a sus capataces y jefes, en un modo anticapitalista bien de derechas.”

“… te puedes imaginar cómo esta clase de ‘movimiento’ basado en Facebook puede afectar un país entero cuando no se trata de un pequeño grupo de 20 personas (como en mi compañía) sino de docenas de grupos de Facebook, cada uno de ellos apoyado por decenas de miles de personas, grupos iniciados y ‘moderados’ por reaccionarios que claman ser ‘apolíticos’ y estar contra los sindicatos.”

“La fuerza que un individuo, o un grupo, posee cuando da inicio a un ‘movimiento’ en el ciberespacio es tal que sus ‘amigos’ en Facebook creen que el lenguaje y las ideas de ellos les pertenecen por derecho propio, cuando es este tipo, mujer o grupo el que modela sus mentes al inculcar discretamente ciertas palabras e ideas reaccionarias.”

“…en mi trabajo, con mis colegas, con quienes debato con frecuencia, no alcanzo a ver el menor progreso… que no sea el de ideas reaccionarias sobre la ‘Casta’ o la ‘Súper Clase’ (un vocabulario compartido por la Extrema Derecha y los ‘Insumisos’ y el Partido de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon), el hecho de que ‘Macron’ recibe órdenes de la ‘Finanza’, del FMI o del Banco Mundial, etc.”

El texto original completo

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Ser pobre en Francia (y otras fantasías de la izquierda)

Como sucede cada vez que las ‘masas’ entran en escena, y más aún cuando lo hacen levantando barricadas, incendiando autos, enfrentándose a la policía, portando banderas y estandartes y grafitteando las paredes, la izquierda pega un salto, sale de su letargo y entra en modo stand by. Cada cual a su modo –las sectas y sus ‘aires prerrevolucionarios’, el izquierdista de a pie que entusiasmado comienza a navegar prensa, blogs, redes sociales en busca de fotos espectaculares- la web comienza a entrar en ebullición. Por supuesto un año después ya nadie se acuerda.

Un común denominador resulta siempre ser la asimilación de palabras y significados totalmente fuera de contexto. Ciertamente este es un peligro al que todos nos enfrentamos cada vez que queremos analizar un fenómeno social que sucede en sitios y países que solo conocemos por el reduccionismo de la prensa. Empapados hasta las células de la dimensión espectacular que emana del régimen social fundado en la mercancía, los medios de comunicación no pueden más que reducir constantemente la complejidad de todo fenómeno social a íconos, imágenes…espectáculo. Que nadie se acuerde un año después es expresión del típico agotamiento espectacular. Es imposible mantener la atención del espectador de cine por más de tres horas, y eso solo en las grandes películas. Por otra parte la izquierda está teórica, práctica y moralmente desarmada frente al espectáculo. Ni siquiera sabe que existe.

En este caso la palabra asimilada es pobreza. Y también ajuste, y hambre. Aquí y allá los trabajadores experimentamos los mismos ajustes, y somos empujados a la misma pobreza. Acá sube el precio de la nafta, allá el prix du carburant. Acá hay villas miseria, allá banlieues. Allá Macron, aquí Macri. Ajuste y pobreza hermanan a los trabajadores del mundo, o así dice el ritual.

Pero, ¿qué es precisamente ser pobre en Francia?

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Capital fixe, fijo, anclado

En un texto anterior vimos el sostenido declive de la lucha de clases desde fines del siglo XIX. A excepción de los períodos de alta conflictividad a fines de los ’30 y durante los ’70, la tendencia mostró un persistente descenso en la cantidad de días de huelga cada mil trabajadores en todos los países desarrollados. En un texto posterior pudimos observar cómo la clase trabajadora resulta estratificada debido a la forma salario misma, de modo tal que importantes sectores de ella no solo adquieren el valor de su fuerza de trabajo sino que además reciben una porción de la plusvalía. Evidentemente ambas afirmaciones expresan una clara paradoja: ¿cómo puede ser posible que la lucha de clases se reduzca prácticamente a cero y que, al mismo tiempo, los ingresos reales de los trabajadores se incrementen, hasta el punto de poder contar con una porción del resultado del plustrabajo?

Como ambas premisas han estado hasta ahora prácticamente inexploradas no haremos aquí más que ensayar una respuesta a modo de hipótesis muy provisional. Para ello nos centraremos en una de las características centrales del análisis de Marx sobre la evolución del capitalismo, a saber, la tendencia del capital a incrementar en términos tanto absolutos como relativos su parte fija, condición creciente del proceso de valorización y del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo.

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Plusvalía, salario y estratificación de la clase trabajadora (i)

La asimilación entre salario y valor de la fuerza de trabajo probablemente sea la confusión más abigarrada del marxismo del movimiento obrero. Para este la lucha por el salario se presenta como la quintaesencia de la lucha de clases, asumiendo algunas veces la forma de lucha por un salario mínimo, la conquista de un nivel de base que cubra el costo de una canasta básica de artículos de consumo, y otras veces la de luchas por el mantenimiento de cierto nivel salarial ya alcanzado. En todos los casos se da por descontado que el valor de la fuerza de trabajo posee una relación íntima con el salario, el que oscilaría por encima y por debajo del valor, como cualquier otro precio. En efecto, toda mercancía posee un valor y las oscilaciones en su precio no expresarían más que la forma mediada por el intercambio por la que el valor se encuentra a sí mismo como magnitud.

Por otra parte, y como corolario de lo anterior, la oposición entre plusvalor y salario es entendida como sinónimo de la que se da entre plusvalía y valor de la fuerza de trabajo, o lo que vendría a ser lo mismo, entre plustrabajo y trabajo necesario. En términos del marxismo del movimiento obrero, el salario es al obrero lo que la ganancia al capitalista. Por algo los capitalistas quieren deprimir el valor de los salarios: Quod erat demonstrandum.

En hacer esta asimilación no se detienen a pensar en las profundas diferencias de naturaleza entre la mercancía fuerza de trabajo y todas las demás.

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El declive secular de la lucha de clases

Declive

Si para la mayoría de los comunistas la revolución es el momento catártico por excelencia, la lucha de clases es su santo grial. Una y otra están conectadas por un estrecho e íntimo vínculo, en tanto la segunda, aún en su forma más elemental, es entendida como momento irreductible del antagonismo, y la primera como su epílogo dialéctico. Sin antagonismo no hay revolución. Tal vínculo estrecho fue definido de una vez y para siempre más de un siglo atrás, y sucesivas oleadas de luchas obreras parecían confirmar aquella dimensión irreductible año tras año, década tras década.

Los comunistas no desconocieron el lado oscuro. El Estado y los burócratas se sumaban a los capitalistas en el intento de controlar esa masa siempre indócil, a veces irredenta, y en algunas raras ocasiones abiertamente revolucionaria. La lucha de clases, aún en su forma más elemental, era concebida entonces como momento de la verdad, actualización del antagonismo subyacente que necesariamente se desprendía de una relación social cuyo propósito era la explotación de la fuerza de trabajo, lo cual demandaba a su vez un esfuerzo permanente por el control de sus portadores, los trabajadores asalariados.

Los comunistas difieren en la significación inmediata de la lucha de clases, pero en su mayoría son indistinguibles en cuanto a su resultado mediato: la revolución proletaria. Debido a ello, y más allá de sus diferencias, los comunistas cultivaron un apego esencial a la lucha de clases. Continuar leyendo “El declive secular de la lucha de clases”