Antagonismo, contradicción y emancipación (II)

Sobre la crítica de robert albritton a Moishe Postone

¿Cuál es el núcleo del capital? ¿Qué interrelación precisa se da entre las categorías del núcleo del capital con las demás categorías de una sociedad capitalista? ¿Cómo el nivel lógico más abstracto se relaciona con los niveles más concretos? Estos interrogantes, que a primera vista pudieran parecer apropiados exclusivamente para debates filosóficos de alta costura, poseen en verdad una significación profunda para los comunistas. Esta significación puede ser reconocida de forma manifiesta o, como es más habitual, implícitamente considerada, pero de cualquier modo siempre está presente cada vez que intentamos responder a la pregunta: en la superación de la sociedad capitalista, y en el establecimiento de relaciones sociales comunistas entre las personas, precisamente, ¿qué hay que cambiar?

Esta pregunta, simbióticamente asociada con la cuestión más general de la emancipación —que incluye asimismo interrogarse sobre el cómo, y con qué— ha recibido durante los últimos sesenta años aproximaciones que se han ido distanciando progresivamente de los marcos interpretativos heredados del marxismo de las II y III internacionales, según los cuales el núcleo consistía en la apropiación privada de los medios de producción, y su solución la colectivización. Y sin embargo la cuestión de ningún modo está saldada.

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Antagonismo, contradicción y emancipación

Sobre la crítica de Werner Bonefeld a Moishe Postone

En el contexto del marxismo tradicional la lucha de clases posee un estatuto clave en la transición a una sociedad post-capitalista. Existen importantes divergencias entre aquellas corrientes que conciben esta clave como no mediada —los trabajadores adquieren mayormente su conciencia revolucionaria directamente de su confrontación con la clase capitalista— o como mediada por una organización —cuya función vendría a ser la de encuadrar las energías proletarias para dirigirlas por medio de una voluntad única. A su vez existen también divergencias en cuanto al carácter, digamos, secularmente antagonista de la lucha de clases, y perspectivas que enfatizan el papel singular de las crisis en la intensificación y revolución en las consciencias. Todas ellas coinciden, no obstante, en que, de un modo u otro, la lucha de clases es la clave.

Esta premisa del marxismo tradicional ha sido objeto de reflexión por autores que también provienen de diversas tradiciones. Las capacidades crecientes de los estados modernos para administrar las personas e intervenir activamente en la difusión de concepciones favorables al status quo, han sido analizadas por aquellos que, estando de acuerdo con la lucha de clases como clave, llegaron a la conclusión de que la regulación y contención de la lucha de clases acarreaba con ello el alejamiento e incluso la neutralización de toda expectativa realista de emancipación social por esa vía. Algunos autores, a partir de este momento de crisis del marxismo tradicional, se propusieron repensar la cuestión misma de la lucha de clases como clave de la emancipación, interpretando el dinamismo social en términos de la propia estructura alienada y contradictoria del capital, proponiendo una reinterpretación radical de los textos de la obra madura de Marx en orden de sentar una perspectiva que fuera más allá de las premisas del marxismo tradicional.

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Prolegómenos a la crítica de la productividad del trabajo

Producir más en menos tiempo, ¿no es esto absolutamente racional? Desde el descubrimiento de la Productividad los economistas e historiadores de la economía han dirigido buena parte de sus investigaciones a los motivos de la productividad, a los métodos para aumentarla, a sus consecuencias. Aquellos que son críticos de las relaciones sociales vigentes, casi en su totalidad, le confieren un papel trascendental en la superación de estas relaciones mismas. Para estos, pareciera ser, la productividad ha llegado al mundo para quedarse definitivamente. Producir más en menos tiempo, ¿qué otra cosa podría desearse?

Y sin embargo sufrimos la productividad, como mandato impersonal por el cual todos nos debemos a la comunidad: comunidad representada por el capital en la actualidad. ¿Sufriremos también la productividad en una futura comunidad de humanos libremente asociados?

Los comunistas, los marxistas al menos, no han mostrado demasiada lucidez al enfocarse en esta cuestión. Es bien conocida la mirada aprobatoria de Lenin, por ejemplo, a los hallazgos de Taylor, a las virtudes del cronómetro y la disciplina industrial. La economía planificada, en su opinión y en la de la práctica totalidad de los marxistas, vendría a resultar en la realización acabada de los ideales de la productividad: poner a disposición de la humanidad la abundancia de todo para todos. Algunos, como Trotsky, no dejaron de resaltar el otro lado de la productividad, la disminución progresiva de las horas de trabajo y el correspondiente aumento del tiempo libre disponible para todos y cada uno. Producir más en menos tiempo, ¿qué más podría ser el comunismo que la cornucopia en un mundo pleno de tiempo libre?

Lo sabemos ya, nada resultó como se esperaba. Para llegar al comunismo primero había que pasar por el desarrollo de las fuerzas productivas, y si el capitalismo no las había desarrollado lo suficiente, habría que hacer un esfuerzo más. Los comunistas tomaron al pie de la letra que producir más en menos tiempo era la definición misma de productividad, y prestos se abocaron al Gran Plan que nos condujera lo más rápidamente posible a cancelar la primera etapa del comunismo a fin de arribar al fin a la tierra prometida. Lo que nunca sucedió.

Las razones esgrimidas para este desmentido siempre giraron alrededor del atraso. El argumento del atraso —cuyo empleo, por otra parte, nunca permitió distinguir claramente a comunistas de tercermundistas— resultaba ser el único argumento posible dadas las premisas de las que se partía, por supuesto. Esta cristalización de las premisas, la presunción de que al menos ciertas categorías importantes que emergieron bajo el capitalismo poseían un carácter trascendental, ha constituido un resultado frecuente toda vez que la crítica de la economía política dejó su lugar a una economía política crítica. Bajo los preceptos de esta última el capitalismo produce una clase de mundo verdadero —fundado en el trabajo humano cada vez más productivo— y sin embargo al mismo tiempo alienado —organizado y apropiado de modo clasista. No quedan muchas dudas de sobre cuál aspecto había que actuar.

Pero la crítica de la economía política tenía propósitos muy diferentes: mostrar cómo las formas mismas que este mundo adopta están por su misma naturaleza alienadas; cómo, desde un punto de vista de las potencialidades humanas, este mundo es falso. No nuestras percepciones sobre el mundo, ni principalmente la forma en que está organizado de modo clasista, el mundo mismo. Decir que el mundo es falso, en este contexto, significa que las categorías efectivamente vigentes que dan estructura al mundo son las categorías de valor, de capital, y asimismo todas aquellas derivadas de estas: la ganancia y el salario, el estado y la sociedad civil, pero también la maquinaria y las instalaciones bajo su forma capitalista, y por supuesto la productividad.

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¿Qué podría significar la falsedad de la productividad?

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Híper-realidad, cajas negras y el marxismo espectacular

El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado. Debord

“Utopía … sería el estar junto de lo diverso”. Adorno

“Si el hombre deriva todo su conocimiento, sensaciones, etc., del mundo de los sentidos y de la experiencia en él adquirida, lo que entonces ha de hacerse es organizar el mundo empírico de modo tal que el hombre experimente y se acostumbre a lo que es verdaderamente humano en él y que alcance a tomar conciencia de sí mismo como hombre.” Marx

Cuando en 1967 Debord publica La Sociedad Del Espectáculo su primer capítulo será La Separación Consumada. En perspectiva, el espectáculo vino a rematar lo que estaba presupuesto en el carácter dual del trabajo que produce mercancía, y permanecería latente hasta que el capital deviniera sujeto más allá del proceso inmediato de producción, a saber, la subsunción real de los medios de comunicación de masas, lo que se traduce en el establecimiento de una comunicación esencialmente unilateral.

El horizonte de Debord es el de la televisión, y sin embargo ella no es más que un horizonte entre tantos. No es lo esencial: los medios de comunicación de masas son manifestación superficial del espectáculo. Lo esencial es que “los seudoacontecimientos que se presentan en la dramatización espectacular no han sido vividos por quienes han sido informados de ellos; y además se pierden en la inflación de su reemplazamiento precipitado a cada pulsación de la maquinaria espectacular.”

Y aun así su horizonte es el de la televisión, con esa unilateralidad que tan bien expresa, porque la sociedad del espectáculo es esa “forma que elige su propio contenido técnico”. De ahí que sea en la vivencia individual de la vida cotidiana –esa que queda separada, sin lenguaje, sin concepto, sin acceso crítico a su propio pasado que no está consignado en ninguna parte- donde habría que ir a edificar un más allá del horizonte.

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De redes sociales y revueltas: The “Gilets jaunes” seen from my workplace

Interesante análisis publicado en LIBCOM:

“El primer tipo que mencionó los ‘gilets jaunes’ era un conductor de colectivos, particularmente racista y xenófobo y al mismo tiempo hostil a sus capataces y jefes, en un modo anticapitalista bien de derechas.”

“… te puedes imaginar cómo esta clase de ‘movimiento’ basado en Facebook puede afectar un país entero cuando no se trata de un pequeño grupo de 20 personas (como en mi compañía) sino de docenas de grupos de Facebook, cada uno de ellos apoyado por decenas de miles de personas, grupos iniciados y ‘moderados’ por reaccionarios que claman ser ‘apolíticos’ y estar contra los sindicatos.”

“La fuerza que un individuo, o un grupo, posee cuando da inicio a un ‘movimiento’ en el ciberespacio es tal que sus ‘amigos’ en Facebook creen que el lenguaje y las ideas de ellos les pertenecen por derecho propio, cuando es este tipo, mujer o grupo el que modela sus mentes al inculcar discretamente ciertas palabras e ideas reaccionarias.”

“…en mi trabajo, con mis colegas, con quienes debato con frecuencia, no alcanzo a ver el menor progreso… que no sea el de ideas reaccionarias sobre la ‘Casta’ o la ‘Súper Clase’ (un vocabulario compartido por la Extrema Derecha y los ‘Insumisos’ y el Partido de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon), el hecho de que ‘Macron’ recibe órdenes de la ‘Finanza’, del FMI o del Banco Mundial, etc.”

El texto original completo