Conquistar la Tierra (IV)

Un suelo comunista

Para 1867 los trabajadores no habrían podido reconquistar la tierra si no hubiera sido por vía revolucionaria. Si así lo hubieran querido. Es posible que para entonces las enclosures empezaran a quedar relegadas al recuerdo y los trabajadores ingleses se propusieran más bien mejorar sus condiciones de vida en el nuevo contexto urbano e industrial. Hasta 1894 los salarios nominales continuaron su ascenso y los precios siguieron bajando, por lo que el salario real volvió a incrementarse un 87%[1]. Los precios de la tierra descendieron de 93 a 43 libras por hectárea[2], poniéndose así más al alcance de los trabajadores, pero igual muy lejos de sus posibilidades reales de ahorro, tan lejos como de sus capacidades subjetivas. Para ese entonces si las cosas iban mal, o las ansias de progresar se intensificaban, siempre quedaba la emigración. En 1901 Australia tiene 3,8 millones de habitantes, de los cuales medio millón son nacidos en el Reino Unido.[3]

Cien años después la situación había cambiado radicalmente. Si continuamos analizando el contexto en base a la canasta de “respetabilidad” de Allen[4], a fines comparativos, para 1990 el ingreso de un hogar promedio de trabajadores en Inglaterra alcanza ya a 13 canastas, lo que es cinco veces lo requerido para mantener a los 2,46 miembros por hogar y alcanzar una considerable capacidad de ahorro. Para poner un ejemplo, la canasta de Allen actualizada a los precios de 1990 habría alcanzado la suma de £808 per cápita. Tomando en consideración los ingresos y composición del hogar promedio para esa época, los precios de la tierra y de los implementos agrícolas, y el rinde y precio del trigo, el tiempo de ahorro necesario para adquirir las 2,6 Has. necesarias para igualar el mismo estándar de vida del siglo XIX hubiera sido de un mero año y medio.

Pero para ese entonces el consumo de los hogares había aumentado considerablemente, y continuaría haciéndolo.

Dados los niveles de consumo para 1990, que implicaron una elevación del nivel de vida hasta alcanzar el equivalente a cuatro veces la canasta de Allen per cápita, una familia de trabajadores asalariados habría requerido 10,8 Has. —y no 2,6— para que con la venta del producido en trigo pudiera equipar el mismo nivel incrementado de consumo que tuviera en la ciudad. Lo novedoso para esa época, ya hace treinta años, es que la capacidad de ahorro asimismo aumentada[5] le habría permitido a esa familia, por primera vez en la historia, adquirir esa superficie de tierra en el lapso de 12 años y medio. En la actualidad la situación continúa siendo la misma.

Sin embargo, esta cifra de años puede resultar incluso exagerada. En todos los casos nuestro supuesto ha sido, hasta ahora, que los hogares pretenden igualar su estándar monetario de vida, debido a lo cual el uso de la tierra ha de dirigirse a la explotación de una commodity, en este caso el trigo. Pero esto no es de ningún modo necesario, tampoco deseable. Si de lo que se trata es de recuperar la tierra para ponerla a disposición de los individuos sociales, comunistas, el propósito no puede ser el de explotar una commodity.

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Establezcamos la hipótesis de una comuna de individuos que se proponen desarrollar una experimentación comunista. ¿Por qué no? Cierto es que se trataría de una comuna rodeada de un mundo entero capitalista, pero en cualquier caso las capacidades subjetivas requeridas para establecer relaciones comunistas entre los sujetos que demanda la experimentación —muy diferentes a las requeridas para mejorar las condiciones de vida bajo el presente modo de producción— serían las mismas en este caso que bajo la hipótesis de una conquista revolucionaria al estilo clásico. De cualquier manera, toda experiencia comunista, procediera del modo que lo hiciera, debería hacer frente a un contexto enteramente capitalista. Adicionalmente, ciertas dificultades serían aún menores bajo nuestra hipótesis, dado que podría desarrollarse en circunstancias no caóticas y un contexto seguramente poco hostil, con el tiempo suficiente como para adquirir paulatinamente las capacidades para observar, experimentar, diseñar, crear y responder creativamente al cambio. De cualquier manera, una capacidad subjetiva sería imprescindible desde un primer momento: la capacidad de desarrollar relaciones de tipo comunista. Esto puede resultar más difícil de lo que parece. Lo que pasa por relaciones comunistas en amplios sectores de la izquierda no es otra cosa que un comportamiento burocrático que se sostiene en concepciones dogmáticas y para nada científicas, lo opuesto de lo que se necesita para una experimentación.

Diversas objeciones pueden hacerse a esta hipótesis. Algunas de ellas dirigirán seguramente sus críticas a que se trataría de una hipótesis no materialista. En términos del discurso de la izquierda esto vendría a significar que no se apoya en la lucha de clases. Sin embargo, como hemos visto, a falta de una perspectiva mínimamente realista de superación de la sociedad fundada en la explotación del trabajo asalariado, los trabajadores siempre intentarán mejorar sus condiciones de vida en el marco de esta sociedad. En la medida en que las posibilidades de mejora sean viables —por el desarrollo de la productividad el trabajo y el incremento de los ingresos reales—, y que los capitalistas se ven forzados a dedicar porciones crecientes de plusvalía a garantizar la conservación del trabajo muerto[6]—, la lucha deja, y tiene que dejar, de ser la expresión normal de relación entre las clases[7].

Un segundo tipo de objeción podría indicar que intentos de esta clase solo podrían dar por resultado un tipo de comunismo de enclaves autárquicos.  A esto se oponen, por ejemplo, Clegg y Lucas.[8] Para estos autores la “cuestión agraria” ha llegado a ser una “cuestión logística”: la tarea consiste en relocalizar la producción de alimentos, volviéndola no dependiente de las largas distancias que hoy recorren para llegar a nuestra mesa. Pero esta relocalización puede resultar un eufemismo si la interpretamos en términos de “algún grado de redistribución espacial”[9] y no va unida a un abandono de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes. “Reverdecer las ciudades” puede ser un elemento en la transición, pero no se dirige a lo central de la cuestión, ni hace justicia a su extraordinaria complejidad. Los autores señalan muy acertadamente la misma cuestión humana esencial que habíamos puesto de relieve en Comunismo Now[10]: “podemos afirmar especulativamente que estos dos elementos: (1) la provisión incondicional de las necesidades básicas y (2) la libertad de movimiento, son las condiciones mínimas de una vida comunista … En tanto la gente tenga una opción satisfactoria de salida tendrá alguna capacidad de resistir nuevas formas de dominación personal. El primero de estos dos elementos sostiene al segundo, en tanto que mi capacidad de salirme depende de mi capacidad de encontrar medios de subsistencia dondequiera que vaya.”[11] Pero si reflexionamos sobre la tercera revolución agrícola, no solo en términos de una cuestión logística, sino principalmente como una transformación integral del modo de producción, distribución, consumo y, en definitiva, de vida, hay que considerar al menos dos aspectos cruciales.

Por más que continuemos contando con la asistencia de máquinas, estas dejarán de cumplir el papel central que desempeñan en el presente régimen. Precisamente la palabra asistencia viene a reemplazar el dominio que el trabajo muerto posee sobre el trabajo vivo en el capitalismo. Las condiciones subjetivas que señaláramos más arriba demandan un grado de proximidad conceptual con los procesos productivos agrícolas que implica cercanía física. Procesos primarios no agrícolas —como la producción de materias minerales— y procesos de transformación secundaria podrán tener lugar en condiciones de una cercanía menor —lo que sí implica entonces una “cuestión logística”. Por lo habrían de darse diversos grados de proximidad y complementariedad entre autarquía y logística.

Además no hay que despreciar que es altamente probable —y por qué no, deseable— que diversas experimentaciones presenten matices cuyas diferencias puedan resultar más o menos significativas. La libertad de renunciar no solo hace referencia a la posibilidad de surgimiento de formas de opresión directa, sino que señala hacia la diversidad misma de experimentaciones posibles, a la libertad de elegir.

En definitiva, lo que no hay que perder nunca de vista es que una tercera revolución agrícola no es una nueva revolución económica, ni política: es la reapropiación[12] y resignificación, por parte de los seres humanos, de su relación con el mundo; mundo de producciones materiales y espirituales. Y a un nivel elevadísimo de complejidad social.[13]

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De las condiciones subjetivas para que una tal comuna pueda existir ya hemos dicho suficiente. Para decir más, hay que experimentar. De las condiciones materiales de existencia del presente para tal experimentación hemos avanzado a un nivel histórico y descriptivo. En el país que vio nacer el antagonismo entre campo y ciudad, la riqueza social fue alcanzando también a los trabajadores, de tal manera que por primera vez en la historia estos tienen, de promedio, la capacidad de ahorro que demanda la adquisición de la tierra necesaria para sus necesidades alimentarias. A decir verdad les alcanza para ello y también para obtener un excedente cuyo valor pudieran realizar en el mercado; y por su mediación obtener los bienes que, por la división social del trabajo, son otros los que producen. Muchos seres humanos se contentarían apenas con esto.

Los comunistas tenemos un propósito central: la abolición del trabajo asalariado. Pero en el régimen capitalista plenamente desarrollado la determinación fundamental del trabajo asalariado, que los medios de la vida propia están en manos de otros, y que para obtenerlos debemos entrar en relaciones de intercambio mercantil, trasciende el hecho de que la mercancía a ofrecer sea la fuerza de trabajo. El capitalismo se sostiene en esta necesidad, pero la generaliza a todos los seres humanos, aún aquellos que pueden vender el propio producto. La autoproducción solo puede adquirir la sustancia suficiente para dar sitio a un nuevo modo de existencia si va unida a la acción de los humanos asociados. Los comunistas no buscan establecer un nuevo modo de producción sino alcanzar la emancipación. Teniendo presente lo anterior, podemos igualmente estimar de manera más general las condiciones materiales del presente.

En la actualidad, en el Reino Unido el valor promedio de la hectárea de tierra equivale a 1,7 salarios individuales anuales —lo que, para un hogar de tamaño promedio, y con la suma de los ingresos de todos sus miembros con trabajo, se traducía en 12,5 años de ahorro para adquirir 10,8 Has. necesarias para el total de los gastos del hogar. Empleando este parámetro podemos analizar la situación de una muestra de 30 países de ingresos medios y altos con cuyos datos contamos[14], y que representan el 18% de la población mundial. Argentina presenta una relación algo más desfavorable, con 0,9 salarios individuales anuales por Ha. y, de conjunto, la relación es de 4 salarios por Ha,[15] situación al menos dos veces más favorable que en el Reino Unido. Puesto de otro modo: mientras en un país como Argentina una hectárea se consigue por aproximadamente un salario individual anual, en el Reino Unido es posible en siete meses y para el promedio de la muestra, que es de 4 Has. para un año de ingresos, en apenas tres meses.

De acuerdo a los estudios de Jeavons[16], para 1998 una dieta normal en los EEUU demandaba casi 0,9 Has. para un hogar de tres integrantes. Esto, como vimos, en condiciones de una continua inyección de agua, fertilizantes y pesticidas, y con una paulatina pero constante erosión del suelo. De acuerdo a la FAO, “La considerable diferencia entre las tasas de erosión bajo la agricultura tradicional y las tasas de formación de suelos implica que estamos esencialmente minando el suelo y que deberíamos considerar al recurso como no-renovable.”[17] El cultivo biointensivo que desarrolló Jeavons y su equipo demanda entre 0,1 Ha. por hogar —para una dieta vegana— y 0,5 Ha. por hogar —para una dieta norteamericana normal—, al mismo tiempo que lo hace con procedimientos que conservan y hasta construyen suelo, reducen significativamente el aporte externo de agua y nutrientes, y evitan la implementación de herbicidas y pesticidas.

Esto significa que, considerando simultáneamente la menor área que demanda el cultivo biointensivo, y el nivel de ingreso de los trabajadores de la muestra de países estudiada, bajo las condiciones del actual modo de producción solo serían necesarias 0,5 Ha. por hogar —a un valor equivalente a medio año de ingresos en un país como Argentina y apenas un mes y medio para el promedio de la muestra— para garantizar las necesidades alimentarias basadas en una dieta normal. De más está decir que áreas adicionales son requeridas para toda una serie de otros usos, como el área habitable, bosques, cursos y reservas de agua, etc., pero el aspecto central ha quedado establecido.

Dos países importantes presentan situaciones muy diferentes a la muestra. China, por una parte, posee un régimen de propiedad estatal de la tierra en el que las parcelas agrícolas, de menos de 20 Has. en su práctica totalidad, están repartidas en casi 200 millones de unidades económicas, para una población rural de aproximadamente 555 millones de personas. La India, por la otra, posee un régimen de propiedad privada de la tierra con bajos niveles de productividad y precios crecientes —debido a la escasez de tierras y la especulación—, con un promedio de 0,4 Ha. por hogar, y con una relación de 0,03 salarios individuales anuales por Ha. Esto último pone en evidencia que lo que hemos venido conversando hasta ahora es completamente inviable para este país, o cualquier otro que presente niveles de pobreza similares. Lo que no quita que, como hemos visto anteriormente, para aproximadamente un quinto de la población mundial sí sea viable en las condiciones del presente.

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El cultivo biointensivo, y todas las demás formas de tratamiento racional del suelo que hemos enumerado anteriormente, exigen el abandono de las técnicas agroindustriales, y una dedicación de tiempo y atención —que no necesariamente de trabajo— significativamente mayor a las actividades agrícolas; las condiciones materiales vigentes en un buen número de países ponen la tierra necesaria al alcance de los ingresos de sus poblaciones; las condiciones subjetivas solo pueden desarrollarse por medio de la experimentación. Queda finalmente por retornar una vez más a la pregunta que sobrevuela estas reflexiones desde que dieron comienzo: ¿por qué para un comunista promedio todo esto resulta tan descabellado?

Algo hemos dicho ya: las dificultades para pensar el pasado en el presente; la naturalización del trabajo a secas y de la división del trabajo que lo acompaña como una sombra; la fijación excluyente en la lucha de clases; el rechazo a incorporar el conocimiento científico a las reflexiones teóricas en orden de apoyar las conclusiones en información verificable; una aproximación banal y simplificada a los problemas a los que se enfrenta el comunismo; la alternancia entre un objetivismo que supone la emancipación por decantación, y un politicismo que supone la actual consciencia —alienada en sus formas y en sus contenidos— como punto de partida suficiente para alcanzar una sociedad de humanos emancipados.

Algo más. El comunismo no es sencillo. Lo contrario solo puede pensarse si se parte de la premisa de un comunismo en el que nos llevan de las narices. Todos los problemas que hemos recorrido son los mismos problemas que encontraríamos de intentar edificar una sociedad de humanos emancipados por cualquier vía. Al exponer el problema de la manera en que lo hice intenté poner de relieve el carácter dramático y complejo de la transformación que hemos de afrontar. La antítesis entre la ciudad y el campo nos hará frente con toda su potencia desde el primer día en que intentemos abocarnos a la emancipación social. La única manera de evitar arribar a un comunismo de guerra eterno consiste en dirigir toda nuestra atención desde un primer momento a esta antítesis. No. Mejor no desde un primer momento, desde ahora.


Notas

[1] Estimación propia en base a Humphries, Jane y Weisdorf, Jacob Unreal wages? Real income and Economic Growth in England, 1260–1850, The Economic Journal, 129 (Octubre 2019), Oxford University Press, Apéndice, tabla 4, y las series temporales de Clark, Gregory y Allen, Robert C.

[2] Estimación propia en base a Lloyd, Tim Present value models of agricultural land prices in England and Wales, PhD Tesis de la University of Nottingham (1992), tabla A5 y la Base de Datos de DEFRA (Department for Enviroment, Food and Rural Affairs, UK)

[3] Simon-Davies, Joanne Population and migration statistics in Australia, 2018

[4] Ver la primera parte de esta serie

[5] Capacidad de ahorro que surge de considerar los ingresos promedios reales de los hogares en un país altamente desarrollado como el Reino Unido y una canasta de consumo esencial. Esta canasta no es “básica”, en el sentido de establecer una línea de pobreza, sino la suma de los gastos promedios reales de los hogares en alimentos y bebidas, cuidado personal, vestimenta y calzado, vivienda, servicios, equipamiento básico del hogar, salud, educación, transporte público y comunicaciones.

[6] Cf. Capital fixe, fijo, anclado

[7] Cf. El declive secular de la lucha de clases. Nos referimos aquí, por supuesto, a las luchas entendidas como bisagra entre el presente y el futuro comunista. Esto no quiere decir que ya no existan luchas, sino que las mismas no poseen aquella determinación, y que por tanto se convierten en tácticas subordinadas a la negociación, o en todo caso en medidas desesperadas para la supervivencia, la visibilización de la necesidad, el llamado de atención al estado y la adquisición de medios de supervivencia.

[8] Clegg, John y Lucas, Rob (Endnotes) Three Agricultural Revolutions, The South Atlantic Quarterly 119:1, Duke University Press (enero 2020), p. 107

[9] Ídem

[10] Comunismo Now, El juego y la libertad, pp. 69-72

[11] Clegg, John y Lucas, Rob, p. 107

[12] Reapropiación que no debe interpretarse en términos de la adquisición de una relación transparente con el mundo. Antes bien se trataría de una reapropiación de todos los grados que van de la transparencia a la opacidad, la única que es posible para nosotros

[13] Al pasar, aquí observamos otro aspecto problemático de la incorporación de premisas derivadas del colapsismo. Desde su punto de vista sistémico-funcionalista, el colapso se asocia a una reducción —casi siempre entendida como drástica— de la complejidad social, y los comunistas deberíamos prepararnos para vivir en estas nuevas condiciones reducidas. Muy por el contrario, los comunistas habríamos de inclinarnos hacia un incremento de la complejidad social como forma de resolución de los antagonismos, y de las consecuencias que estos poseen para la reproducción social

[14] Incluye la mayoría de los países de la OCDE y de Europa Oriental, la Federación Rusa, Brasil, Uruguay y Argentina.

[15] Promedio ponderado por tamaño de la población, considerando los diferenciales en salarios y valor de la Ha.

[16] Jeavons, John C. Biointensive Sustainable Mini-Farming: II. Perspective, Principles, Techniques and History, Journal of Sustainable Agriculture, 19:2, pp. 66-67

[17] FAO and Intergovernmental Technical Panel on Soils, Status of the World’s Soil Resources, 2015, p. 103

Conquistar la Tierra (III)

¿Por qué la antítesis entre ciudad y campo no aparece como antitética?

La crítica a la antítesis entre la ciudad y el campo ha recibido renovada atención por destacados pensadores marxistas y anarquistas desde al menos fines de los ’60 del siglo pasado. Sin embargo, las corrientes de la izquierda militante, las organizaciones políticas, no han avanzado un solo milímetro en extraer las conclusiones adecuadas, relativas a la praxis, que se desprenden de esos hallazgos. La matriz en la que desenvuelven sus teorizaciones las vuelve incapaces para ello. Completamente incapaces.

Esto ha despertado creciente insatisfacción en activistas que escapan, o directamente evitan ingresar a estas organizaciones, y que dirigen su mirada a otros horizontes teóricos, al mismo tiempo que intentan conservar la crítica social más profunda que se desprende de la interpretación marxiana de la sociedad capitalista. En esta búsqueda, más que legítima imprescindible, encuentran en su interrogación diversos autores que promueven una visión que podríamos llamar colapsista. Los marxistas en particular son propensos, debido a la formación propagada por las organizaciones de la izquierda, a aceptar interpretaciones asociadas al colapso. El trotskismo, por poner un ejemplo destacado, hace del colapso un tema central de su doctrina metafísica. No obstante, la tradición catastrofista es más compleja y diversa. Encontramos en ella también los debates sobre el derrumbe del capitalismo de la izquierda comunista —Paul Mattick, Grossmann— y Luxemburgo. Estas diversas interpretaciones suelen apoyarse en la obra de Marx, tanto en El Capital como en los Grundrisse, para señalar la imposibilidad para el régimen social capitalista de sostenerse indefinidamente, debido a contradicciones que se derivan del propio modo de producción.[1] En fin, no hay que dejar de destacar el atractivo que tales concepciones poseen en un mundo que parece ubicar cada vez más lejos las posibilidades del comunismo en tanto que derivado de las crisis.

El problema es que las concepciones actuales que sostienen la imposibilidad —próxima, incluso muy próxima— del capitalismo para seguir funcionando normalmente lo hacen con un completo descuido, o pleno desconocimiento, de los descubrimientos centrales de Marx relativos al funcionamiento del sistema capitalista en su conjunto. En esto, hay que reconocerlo, acompañan a las organizaciones de la izquierda. En particular no dan cuenta de los efectos sistémicos que el desarrollo de la productividad del trabajo y el crecimiento de la masa de plusvalor total producida han ocasionado en este régimen social, y las implicancias que esto posee para la sobrevida del mismo.

El capitalismo, cierto es, presiona sobre los recursos materiales a los que trata como valores de uso, sobrepasando el ritmo con que estos recursos pueden reponerse. Esto sucede en forma evidente con los combustibles fósiles, pero también con la riqueza del suelo. El crecimiento poblacional, como así también el crecimiento del consumo per cápita, y el propio ritmo de la acumulación ampliada de capital (del que las anteriores son manifestaciones), exceden con mucho la reposición. Además, los recursos de más fácil extracción son utilizados tempranamente, quedando para luego los recursos que exigen mayores esfuerzos e inversiones de capital, lo que podemos apreciar hoy en la explotación de los costosos yacimientos de arenas bituminosas y shale gas. La riqueza del suelo también se ve crecientemente comprometida. De acuerdo a un informe de la FAO, la erosión normal del suelo alcanza 0,9 mm por año, equivalente a 13 toneladas, cuando la mediana de la capacidad natural de formación de suelo es de 0,15 toneladas por año —87 veces menos[2]. Para compensar esta pérdida de suelo se destinan cada año entre 23 y 42 Mt de Nitrógeno y entre 14 y 26 Mt de Fósforo, además de lo que se agrega para hacer crecer el rinde por hectárea. Esto ha conducido a presentar un futuro oscuro para la seguridad alimentaria de la población mundial, lo que alimenta las perspectivas colapsistas.

Sin embargo, hay que decirlo, las capacidades del actual régimen capitalista de sobreexplotación de recursos son mayores a las que se suponen. Una de las consecuencias del desarrollo de la productividad del trabajo ha sido la reducción constante de la participación del sector alimentario en el total de consumo, tanto de energía como de valor. De acuerdo a la IEA[3], la agricultura y forestación consumen un mero 2% de la energía mundial, dato que es coherente con las estimaciones de retorno energético de críticos como Nathan Pelletier[4]. El consumo de energía para la producción de amoníaco, nitrato de amonio y urea para la agricultura, por ejemplo, que energéticamente es un proceso altamente intensivo, apenas llega al 1,2% del total de la energía mundial[5]. Por otra parte, las existencias de Fósforo —el elemento más crítico para el crecimiento de la oferta de alimentos debido a sus existencias limitadas— alcanzaría para casi 300 años más de mantenerse los ritmos actuales de consumo. Debido a que la tasa de crecimiento poblacional continúa decreciendo, es de suponer que este período de años podría reducirse un poco, pero no significativamente —y esto sin contar posibles descubrimientos de nuevos yacimientos, o la mejora en procesos industriales que permitan aumentar las Reservas, que son la parte efectivamente explotable de los Recursos con las tecnologías disponibles en el presente.

En cuanto al suelo hay que decir que la suma de N y P que se inyectan solo para compensar las pérdidas debidas a la erosión, a las que antes hacíamos referencia, no superan el 0,2% del PBI mundial, en tanto que, de conjunto, la agricultura representa hoy el 4% del PBI global, fracción que incluye por supuesto un mínimo de trabajo necesario y muchísimo plusvalor, gran parte de él renta de la tierra que se absorbe del plusvalor total generado. Por su parte el impacto de la erosión de los suelos en el rinde agrícola por hectárea no llega al 4% por siglo. En comparación el rinde de granos por hectárea ha crecido, tan solo en los últimos 10 años, un 13%.

Por el lado de la demanda de alimentos no se suele tomar en consideración el cambio en las pautas de consumo de los últimos sesenta años. No solo las hambrunas son cosa del pasado: de acuerdo a la FAO la ingesta de carne per cápita ha crecido alrededor de un 130% entre 1961, inicios de la Revolución Verde, y el 2013. Las carnes implican un reprocesamiento de calorías primarias (vegetales) que conllevan mucha pérdida, mayor en la bovina que en la porcina y aviar[6]. De conjunto el mundo presenta una ingesta de 2.921 calorías por día per cápita, aproximadamente, pero considerando que parte de ella corresponde a carne, y calculando las calorías primarias consumidas, se alcanza una cifra de 8.467 per cápita, casi tres veces más. Un cambio dietario masivo, por ejemplo uno que resultara del reemplazo de la carne bovina y porcina por la aviar, manteniendo los valores calóricos y proteicos, haría descender el consumo de calorías primarias a 5.796 per cápita, o casi un tercio menos que en la actualidad. Por último hay que considerar que uno de los principales impulsores del aumento del consumo cárnico desde hace décadas ha sido China, que desde 1977, y partiendo de niveles muy bajos, vio incrementarse su consumo de carne per cápita más de cinco veces; pero en la actualidad eeste país ya ocupa el 10º lugar en consumo de carne per cápita (Argentina es el 3º y EEUU es el 22º), por lo que las posibilidades de un incremento significativo futuro son escasas.

De conjunto se puede concluir que, tanto por el escaso peso relativo de la agricultura en términos energéticos y de valor, el muy paulatino impacto de la erosión de suelos sobre los rindes agrícolas, y el elevado nivel alcanzado en el consumo de calorías y proteínas de alto valor agregado, como resultado el régimen social capitalista puede garantizar ampliamente un alto consumo alimentario en la mayor parte del mundo durante un tiempo por venir considerable.

Si me he detenido especialmente en la cuestión alimentaria es porque se trata de un elemento clave en toda sociedad, en particular para las masas trabajadoras, y por tanto para la cohesión social y la popularidad del capitalismo. Pero lo mismo podría decirse de otros recursos claves como la energía proveniente de los combustibles fósiles. Es cierto que tanto el petróleo como el gas y el carbón son limitados, sus yacimientos menos problemáticos de explotar ya han sido encontrados, y su producción está en declive. Pero el colapsismo considera solo el costado material de la ecuación. Al hacerlo pierde de vista que la explotación de combustibles fósiles se realiza de manera capitalista. Esto significa que, no importando cuanto crezca el costo económico real de exploración y producción, el margen de riqueza alcanzado por la sociedad capitalista es tan gigantesco que puede destinar porciones crecientes de plusvalía para garantizar la tasa media de ganancia a las empresas hidrocarburíferas. Por otra parte, de la misma manera que con las transformaciones en la dieta alimentaria que analizamos anteriormente, existe un amplio rango de eficiencias energéticas aplicables —o imponibles, si los Estados así lo consideran— que ante un escenario de escasez puede ir estableciendo equilibrios recurrentes que eviten el colapso.

Esto no significa en absoluto que no exista problema alguno. El capitalismo representa un tratamiento inconsciente e irracional de la tierra, y de todo lo que hay en ella y crece de ella. Pero al mismo tiempo es un metabolismo económico y social altamente adaptable y flexible. En esto las comparaciones con sociedades anteriores —otro elemento presente en el colapsismo— no son adecuadas. Cualquier colapso de una sociedad precapitalista —o no plenamente capitalista, como la ex Unión Soviética— tuvo lugar en un contexto no sistémico. Al interior de la corriente del colapso se hace frecuente referencia a los sistemas: precisamente el colapso es un fenómeno sistémico. Pero aquellos que provienen de una tradición marxiana harían bien en notar que el concepto de sistema empleado se distancia significativamente de la concepción que hallamos en Hegel y en Marx. Esto, por supuesto, no significa que sea una concepción errónea. Lo que la vuelve una interpretación inadecuada es que considera los regímenes sociales precapitalistas, o no plenamente capitalistas, como si hubieran sido sistemas, y no lo fueron, al menos no en el sentido en que el capitalismo lo es. Ejercitan una proyección de características exclusivamente apropiadas al capitalismo a aquellos regímenes que no poseían una lógica de desarrollo inmanente. Es justo esta última lo que ha hecho que el capitalismo, sujeto a crisis como ningún otro régimen social del pasado, se recupere de cada una de ellas. Las crisis son parte del capitalismo.

La lucha de clases no derrumbará el sistema capitalista, y este tampoco sucumbirá a un colapso sistémico. La transformación revolucionaria del presente régimen social demanda la acción consciente de los comunistas que se transforma a sí misma en el camino de la experimentación.

…continúa en Parte 4


Notas

[1] Para una crítica a la concepción del colapso como concerniente al capitalismo, que lo vincula por el contrario con el régimen de la producción fundada en el valor de cambio, ver por ejemplo “How the breakdown of production based on exchange value altered the terrain of Marxist strategy”, en el blog The Real Movement, y la innumerable serie de artículos que analizan la cuestión

[2] FAO and Intergovernmental Technical Panel on Soils, Status of the World’s Soil Resources, 2015, pp. 103-108

[3] International Energy Agency, World Energy Balances 2020

[4] Pelletier, Nathan et al, Energy Intensity of Agriculture and Food Systems, en Annual Review of Environment and Resources, 2011.36:223-46, Figura 2, p. C-2 y bases de datos correspondientes

[5] Datos de la EIA, Energy Information Administration, 2010, citado en Fertilizer Facts, www.fertilizer.org

[6] Para las diferencias de eficiencia relativa entre las diversas carnes ver Shepon, A. et al, Energy and protein feed-to-food conversion efficiencies in the US and potential food security gains from dietary changes, Environmental Research Letters, 11, 2016, Figura 1, p. 2

Conquistar la Tierra (II)

Progresos en el tratamiento consciente y racional del suelo

En la primera parte arribamos a una conclusión: la capacidad de un tratamiento consciente y racional del suelo, y su existencia a disposición de los individuos sociales, son las premisas para la abolición de la antítesis entre campo y ciudad.  ¿Cuánto se ha avanzado en el último siglo y medio al respecto? ¿Contamos hoy día con conocimientos y condiciones espirituales que nos permitan, al mismo tiempo, ensayar un tratamiento consciente y racional del suelo y evitar el modo de vida aislado y vegetativo de la ruralidad del siglo XIX?

Lo anterior implica que la cuestión de las capacidades subjetivas debiera ser abordada críticamente. No pretendo aquí explorar el amplísimo espectro de dimensiones que posee la producción de subjetividades. El marxismo tradicional concibe una, y solo una, condición: la lucha de clases. En Comunismo Now y en este blog me he propuesto desarrollar una crítica a esta concepción. Partiendo de esta crítica y de las condiciones actualmente vigentes de producción de subjetividad me propongo desplegar un argumento diferente que me permita, finalmente, centrarme en las condiciones de producción de subjetividades que apunten a la emancipación de las relaciones sociales capitalistas.

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Vamos a centrarnos en el estado de situación de los conocimientos para un tratamiento consciente y racional del suelo. Como es de suponer, la mayoría del último siglo y medio presenció avances importantes dirigidos al tratamiento inconsciente e irracional del suelo. Con esto quiero dar a entender fundamentalmente dos cosas: conocimientos para la inyección constante de nutrientes en el suelo, que una vez extraídos como parte del tejido de las plantas, o perdidos por infiltración, no retornarán a aquel; conocimientos para sostener el creciente monocultivo, que conlleva inputs de recursos externos crecientes, e incrementa los efectos nocivos de la “brecha insanable en la continuidad del metabolismo social”.[1]

En la década de 1840 se descubre la síntesis del superfosfato simple, primer fertilizante mineral comercial. Ante el rápido agotamiento del guano, el consumo de SFS en Inglaterra pasa de 35.000 toneladas en 1851-53 a 510.400 toneladas en 1887-91.[2] Por otra parte, y si bien ya en 1828 se había descubierto su síntesis, no fue hasta 1922 que se desarrolló el proceso para la producción de urea en gran escala. Hasta entonces los nitratos iban a provenir principalmente del salitre chileno, cuyo consumo en el mismo período pasó de 221 a 2.046 toneladas. Esto es muy anterior a la Revolución Verde, por lo que la inyección de minerales claves para el crecimiento y desarrollo de las plantas (fundamentalmente cereales, pero también pasturas para los animales) constituye una característica presente desde los inicios en el desarrollo capitalista en el campo y el antagonismo entre este y la ciudad.

Por otra parte, el creciente monocultivo, apropiado a la producción en gran escala asociada a la mecanización del campo. Hasta 1945 la producción rural en los EEUU, por ejemplo, todavía estaba parcialmente diversificada, con más de 4 productos agrícolas (animales o vegetales) diferentes, en promedio, por unidad productiva, y esto ya era una simplificación considerable comparado con la diversidad en la producción rural precapitalista. En la actualidad cada unidad se dedica a un solo producto.[3] Con el monocultivo se desarrolla la investigación y producción de herbicidas y pesticidas, los que se vuelven estratégicos para combatir las vulnerabilidades que aquel trae consigo.

Un efecto extremadamente importante de este desarrollo en el tratamiento inconsciente e irracional del suelo, es decir capitalista, es que permitió sostener un crecimiento rápido y constante tanto en el rinde agrícola como en la superficie cultivada, y una disminución igualmente constante en el precio relativo de los productos rurales, poniendo así fin a las grandes hambrunas que cada tanto asolaban a diversas regiones del mundo. En los últimos cincuenta años la prevalencia de la nutrición insuficiente en los países en desarrollo, de acuerdo a la FAO, retrocedió del 35% al 13%. Mientras la población poco más que se duplicaba, la producción mundial de granos crecía un 120%. Pero lo más importante es que la producción de soja se multiplicó por ocho: considerando que es una fuente de alimento para el ganado, el consumo de proteínas en el mundo se triplicó.[4]

El resultado fue que la agricultura capitalista se volvió extremadamente popular, y sus premisas, lejos de ser entendidas como irracionales, empezaron a aparecer cada vez más como la única manera racional de relacionar a la especie humana con el suelo.

Para ese entonces la izquierda ya había perdido de vista por completo la crítica de Marx y Engels al tratamiento capitalista del suelo. El nacionalismo tercermundista, incluido el maoísmo, corría deprisa a sumarse al frenesí agroindustrial. Retengamos esta idea, lo que vino a continuación debe mucho a este olvido.

* * *

Cuando empezaron a vislumbrarse los incipientes efectos de una contaminación ambiental  que tiene su fundamento en la tensión progresivamente desplegada y aumentada de la antítesis entre el campo y la ciudad—por ejemplo con las críticas al DDT a partir de 1962—; a medida que se empezaba a tomar tenue consciencia de que la inyección permanente de fertilizantes, químicos, agua y energía en los suelos iba a resultar en definitiva inviable, quizá en el mediano plazo; y, por qué no, por la intuición de que relacionarnos en forma capitalista con la tierra y entre nosotros puede y debe ser objeto de nuestra crítica, es que incipientes investigaciones comenzaron a desarrollar conocimientos que resultarían útiles para un tratamiento consciente y racional del suelo. Dos corrientes, ajenas al marxismo por cierto, que ninguna atención prestaba a estas cuestiones, comenzaron a alumbrar.

A fines de los ’60 y comienzos de los ’70 empieza a tomar impulso el movimiento por una agricultura orgánica, con diversos exponentes como Jerome Rodale, y John C. Jeavons —y su perspectiva biointensiva— en EEUU y la fundación de la Federación Internacional de Movimientos de la Agricultura Orgánica, en Francia. Al mismo tiempo Masanobu Fukuoka en Japon, y Bill Mollison y David Holmgren en Tasmania y Australia, intentaban pensar un tipo de interacción distinta entre humano y naturaleza, más holística, compleja y radical que la mirada técnica que buscaba armonizar ecosistemas y capitalismo, predominante en EEUU y Europa. De Fukuoka surge un concepto interesante: cultivar sin esfuerzo —do-nothing farming.

Esto último es importante porque permite entrever un elemento esencial de la crítica al trabajo que iba a perfecto contramano del culto al trabajo que dominaba la izquierda por entonces —y la obsesiona aún—, y que sí va a empalmar con el movimiento Hippie, al que de algún modo ha permanecido más o menos asociado hasta el presente. Pero no hay que perder de vista que esta asociación, de la que el marxismo no forma parte, es en gran parte consecuencia de la alienación de la izquierda respecto a todos estos temas, en completo olvido de que el hombre debe reintegrar a la tierra lo que de ella recibe, que es precisamente de lo que tratan tanto la agricultura orgánica y biointensiva como la permacultura y el método Fukuoka.

Voy a detenerme en los principios y procedimientos que desarrollaron estos movimientos, pero quiero destacar que de conjunto constituyen intentos por aplicar los más altos conocimientos alcanzados por la ciencia agronómica y por dar cuenta de la irracionalidad del actual tratamiento tecnocrático e industrial de la tierra. Si estos movimientos no desarrollaron una asociación de sus descubrimientos con una perspectiva comunista se debe menos a insuficiencias por su parte que a la completa falta de atención que los comunistas han prestado a esta cuestión crucial. Motivos muy diversos han contribuido a esta ignorancia activa, pero estimo que de conjunto responden a la perniciosa idea de que el comunismo es, de uno u otro modo, continuación del capitalismo, que deviene de él.

Pero una cosa es sostener que el capitalismo pone las condiciones del comunismo del futuro en forma alienada, y otra muy distinta comprender el alcance, y las implicancias, de que las pone en forma alienada. Es la diferencia entre la alienación exterior e inesencial, y la alienación íntima a las formas.

En un reciente estudio, Krebs y Bach resumen el concepto de Agroecología —en la que incluimos a la agricultura orgánica y a la biointensiva— como las prácticas asociadas a una agricultura diversificada que emplea inputs reducidos en orden de sostener la producción, la regeneración, y las funciones regulatorias naturales, en lugar de mantener monocultivos continuamente optimizados para el empleo de maquinaria por medio de elevadas cantidades de inputs energéticos externos.[5] Los autores resumen cinco principios fundamentales:

  1. Mejorar el reciclado de biomasa, optimizar la disponibilidad de nutrientes y balancear el flujo de nutrientes;
  2. asegurar condiciones edafológicas favorables para el crecimiento de las plantas, en particular por el manejo de la materia orgánica y el mejoramiento de la actividad biótica del suelo;
  3. minimizar pérdidas asociadas a flujos de radiación solar, aire y agua a través del manejo del microclima, la captura de agua y la cobertura del suelo;
  4. diversificar las especies y la variedad genética en el tiempo y el espacio; y
  5. mejorar las interacciones biológicas benéficas y las sinergias entre los diversos componentes.

Como puede apreciarse, estos principios se dirigen ante todo a cómo optimizar —por conservación, reutilización y asociación— los inputs internos pertenecientes a las áreas de producción agraria, de tal modo de volverlos menos dependientes de la incorporación de fertilizantes, pesticidas, fungicidas y agua desde el exterior de los sistemas de producción. Hoy día se llega a alquilar colmenas de abejas para la polinización, debido a que estas ya no se hayan disponibles en las áreas de cultivo.

La agricultura orgánica puede resumirse como un intento por optimizar una producción capitalista de insumos agrícolas que tiene en cuenta el ciclo completo de producción, incorporando a este la recirculación de componentes al interior de los sistemas. Las premisas de este régimen son las mismas que las del monocultivo —la propiedad privada de la tierra y el antagonismo entre el campo y la ciudad— pero los principios señalan más allá de estas premisas, pues contemplan la consciencia y la racionalidad en el uso del suelo, si bien en un marco que continúa siendo inconsciente e irracional.

La orientación asociada a la Permacultura incluye estos mismos principios, pero al incorporar otros, o ponerlos más en relieve, sugiere una mirada subyacente diferente. En particular incorpora, o resalta:

  1. Observar e interactuar, para generar conocimientos y desarrollar la experimentación;
  2. diseñar desde patrones observables a diversos niveles de zonificación (macro y medio) hacia detalles específicos, buscando establecer las conexiones entre los diversos niveles; y
  3. usar creativamente y responder al cambio, interpretando los ecosistemas no como fenómenos fijos sino como procesos evolutivos en los que la interacción y el diseño juegan un papel clave.

Esta orientación posee una relación mucho más problemática con las premisas capitalistas. Por una parte, el diseño a partir de patrones observables, que considera estos patrones como sujetos a cambios debidos a los resultados del diseño y la interacción, se enfrenta a problemas de muy difícil, si no imposible, solución, en la medida en que la experimentación carece de control sobre la zonificación macro y media. Volviendo al ejemplo anterior, la presencia de agentes polinizadores como las abejas, que puede ser incentivada por el incremento en la densidad floral de especies vegetales apropiadas, puede verse seriamente amenaza si el entorno agrícola está destinado predominantemente al monocultivo, debido a la acción inevitable de los pesticidas que se trasladan por el aire. Por otra parte, observar detenidamente y experimentar, y que esto deba ser hecho por los mismos que diseñan, implica de suyo un empleo del tiempo diferente a la lógica del capitalismo. No hay forma que las sugerencias de Fukuoka, por ejemplo, pudieran resultar aceptables o rendidoras para la producción en gran escala para el mercado.

Seguramente es por esta razón que la Permacultura ha recibido ácidas críticas. Como compilan Ferguson y Lovell, a esta corriente le ha sido objetado que minimiza la complejidad y los riesgos que enfrentan los productores cuando se enfrentan a sistemas altamente diversificados, o también que la educación permacultural solo prepara estudiantes para enseñar Permacultura pero no para practicarla en forma sostenible.[6] Es que, honestamente, esta es inviable en el marco del capitalismo. Lo que no significa que sea inviable per se, o que no tenga preciosas implicancias.

¿Cómo podría ser viable bajo el orden vigente una propuesta para la cual uno de sus preceptos fundamentales es reducir el trabajo, incluso hasta casi no hacer nada, y que asimismo cuestiona la forma capitalista de reducir el trabajo, que es la mecanización creciente?

La Permacultura ha recibido asimismo críticas de observadores atentos y favorables por la tendencia a desarrollar experiencias sectarias, en algunos casos verdaderos cultos.[7] Esto no debería resultar desconocido a cualquier militante que haya pasado un tiempo en los cultos de la izquierda. A diferencia de las prácticas permaculturales vigentes que, a pesar de sus esfuerzos, no puede pasar de construir microcosmos no sustentables sin inputs externos de capital y trabajo —gratuito, voluntario— los comunistas podrían tomar todos estos fragmentos y ordenarlos para la superación del modo de producción fundado en el trabajo asalariado, en la producción y acumulación del tiempo por el tiempo mismo, y en la inconsciencia e irracionalidad que devienen de la antítesis entre el campo y la ciudad.

* * *

El problema con los progresos en el tratamiento consciente y racional del suelo es que no podrían ir más allá de lo que se ha logrado hasta ahora. No se trata de un problema con la cantidad de conocimientos científicos disponibles, sino del requisito esencial que consiste en una observación y experimentación no guiadas por la temporalidad capitalista. La adquisición de conocimientos posee una dimensión formal: el contexto y el modo en que el conocimiento se adquiere afecta las significaciones del conocimiento que va a ser adquirido.

El mundo moderno es diverso en un grado antes jamás imaginado, pero de todas las cosas que existen muy pocas nos rodean cotidianamente, y de estas pocas prácticamente ninguna modifica en nuestra presencia, y debido a nuestras prácticas, la forma que trae —excepto los alimentos, y estos ya están cada vez más procesados. Francamente ajenos a la casi totalidad de los procesos, metamorfosis y metabolismos que le suceden a la materia, ya por sus propias inclinaciones, ya por las prácticas que ciertos seres humanos ejecutan en sitios cuyas características son completamente desconocidas para todos los demás, no encontramos espacio ni tiempo en los que la observación y experimentación puedan tener lugar. El estado de las cosas que tenemos ante nosotros nada nos dice de los avatares que han debido haber sorteado; las resistencias, torsiones y plegamientos, como así también los impulsos, canalizaciones y despliegues que constituyen cada una de sus historias. La forma de mercancía, y la forma de caja negra que adopta el proceso de producción en el capitalismo —algunas de cuyas consecuencias exploramos en Prolegómenos a la crítica de la productividad del trabajo— afecta también a lo que podríamos llamar la expresividad de la cosa, reduciéndola radicalmente, convirtiéndolas en hípercosas.

Sumado a esto, durante el prolongado proceso educativo que, cuando estudiantes, recorremos durante aproximadamente doce años, el mundo que vamos conociendo paulatinamente es un mundo de cosas con las que no tenemos ningún contacto. Toda creatividad potencial encuentra una barrera en la ajenidad del mundo de las cosas, sobrepasada solo muy parcialmente en la educación técnica. Con todo lo que las miradas y perspectivas críticas puedan aportar a un abordaje menos alienante del proceso educativo —que son muchas y diversas— ninguna de ellas puede sobrepasar la barrera estructural constituida por la dimensión de valor que adquieren los productos del trabajo en el capitalismo, que aliena a las personas de las cosas y vuelve a estas mismas cosas inhumanas, incapaces de expresividad, hípercosas. Por mucho esfuerzo y dedicación que se ponga en diseñar sistemas educativos más humanistas, ninguno de ellos puede afectar la antinomia entre los humanos y las cosas de manera significativa.

En el capitalismo las cosas están. Por supuesto que esto sucede en todos los ámbitos de la vida, en la cotidiana y en la productiva, en la ciudad y en el campo, pero podemos arriesgar una secuencia conceptual de la alienación.

(1) Como vimos, la experiencia alienada con las cosas, que se consolida, por ejemplo, en el proceso educativo, corresponde a la experiencia alienada más general en la que los humanos se ven inmersos, resultado de que sus prácticas laborales se encuentran dominadas por una compulsión impersonal y abstracta. Esta compulsión emana formalmente de la circunstancia de que los productos del trabajo adoptan la forma de mercancía, y adquiere validez social general con la forma de capital.

(2) Pero a su vez el substrato que permite que este último nivel conceptual de la compulsión se reproduzca constantemente, esto es, que los seres humanos se vean impulsados y obligados a producir capital, está constituido no solo por la condición general de que carezcan de objetividad —los medios que les permitan definir por sí mismos en forma libre y asociada los propósitos y procedimientos de sus prácticas— sino de que sean subjetivamente incapaces de observar, experimentar, diseñar, crear y responder creativamente al cambio. Esta circunstancia es crucial porque, aún si pusiéramos los medios a disposición de todos, la incapacidad subjetiva que resulta de la relación abstracta y fragmentaria con las cosas, solo podría conducir a lo que en otro lugar llamé comunismo rousseauniano.

«Rousseau escribe en el lenguaje de la abstracción, un lenguaje que Marx denunciara con vehemencia en Sobre la Cuestión Judía: “Pero el derecho [burgués] del hombre a la libertad se basa no en la asociación del hombre con el hombre, sino en la separación entre hombre y hombre. Es el derecho de esta separación, el derecho del individuo restringido, retraído a sí.”[8] El capital produjo al trabajador separado; es su derecho burgués, como tal trabajador separado, forzar a otros trabajadores, tan separados como él, a ser uno con todos.»

Por lo que se nos plantea la dramática cuestión sobre cómo y dónde conquistar las capacidades subjetivas imprescindibles para la construcción de una sociedad comunista fundada, no en el trabajador separado forzado a ser uno con todos, sino en el individuo social.

Los supuestos —implícitos, ya que nunca verdaderamente reflexionados— que subyacen a los programas del marxismo tradicional, con sus megaplanes para la organización de la producción, distribución y consumo en una sociedad postcapitalista, no podrían más que partir sobre la base del individuo alienado de su propia subjetividad, el “individuo restringido, retraído a sí”, subjetivamente pobre e incapaz, resultado de doscientos años de vivir el capitalismo, de forjarse en él. La única condición subjetiva potente con la que contamos es el conocimiento de las estructuras profundas de la dominación en el capitalismo, lo que nos permite al menos intentar dirigir nuestra atención a estas para desarticularlas, deconstruirlas.

* * *

El desarrollo de la crítica nos ha conducido hasta aquí a concebir que el movimiento del capital pone y reproduce, junto a la carencia de objetividad, la incapacidad subjetiva, reduciéndonos básicamente a espectadores y consumidores de hípercosas —consumidores finales y también productivos, en los puestos de trabajo. La capacidad subjetiva ha de ser adquirida para tener al menos la posibilidad de lograr emanciparnos. Pero se trata menos de una capacidad para apropiarnos lo existente que de transformarlo. Y transformar lo existente consiste en el doble movimiento de transformar objetividad y subjetividad, transcendiendo esa antinomia: más que apropiación de los medios de producción —en la que la externalidad entre sujeto restringido e hípercosas se conserva—, incorporación en clave emancipatoria de las prácticas mediadoras. De ahí:

(3) La incapacidad sustantiva para observar, experimentar, diseñar, crear y responder creativamente al cambio encuentra un substrato más profundo en una antinomia espacial sistémica y dinámica —ajena a nuestra voluntad— que se traduce en la antítesis entre la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes, y el campo como caja negra que media una parte clave de las transformaciones de la materia, aquella que constituye la base de la reproducción material del ser humano. Pero esta antinomia posee adicionalmente otra dimensión: “la propiedad privada del suelo … es el fundamento del modo capitalista de producción”.[9] En el contexto de nuestro abordaje esto significa que la no disponibilidad común del suelo constituye —sigue constituyendo— el soporte último de todo el modo alienado de vida que se corresponde con el capitalismo.

La puesta en común del suelo, su recuperación esta vez sobre bases comunistas, remueve el fundamento del modo capitalista de producción, esto es, el modo de producción que produce y reproduce en escala masiva la existencia de los valores de uso como mercancías, y de las cosas como meros valores de uso, como hípercosas. Que en definitiva no son más que la determinación que adoptan las cosas cuando estas son reducidas a valores de uso por la acción que sobre ellas ejerce su existencia como valores. En otras palabras, el resultado de la generalización de una práctica y razón instrumentales —para las que cada cosa es un medio para un fin, ad infinitum— que no puede dar al ser humano más que un sentido inmediato y exclusivo de la posesión, del tener.[10]

La recuperación del suelo sobre bases comunistas pone a los seres humanos en condiciones de ejecutar prácticas mediadoras fundadas en observar, experimentar, diseñar, crear y responder creativamente al cambio. El momento objetivo de estas prácticas mediadoras, los instrumentos, dejan de ser así medios para la producción de objetos para convertirse en medios de expresión de subjetividades creativas. El resultado del proceso es, al mismo tiempo, el despliegue del individuo social y la recuperación de la expresividad de las cosas, que no es otra cosa que las múltiples sensibilidades, emociones e imágenes que estas nos despiertan una vez que hemos dejado de considerarlas como mercancías, y considerar el tiempo dedicado a las cosas como tiempo de trabajo.

¿Contamos hoy día con conocimientos y condiciones espirituales que nos permitan evitar el modo de vida aislado y vegetativo de la ruralidad del siglo XIX? ¿Qué tan lejos estamos, realmente, de poder poner al suelo a disposición de los individuos sociales? ¿Qué características mínimas poseería la disposición comunista del suelo? Hacia allí nos dirigimos.

Pero antes un breve excursus.

—continúa en Parte 3


Notas

[1] Marx, Karl El Capital, Libro III, Volumen 8, Siglo XXI (1984), p. 1034

[2] Thompson, F.M.L. The Second Agricultural Revolution, 1815-1880, The Economic History Review, New Series, Vol. 21, Nº 1 (Abril 1968), tabla 2

[3] Dimitri, Carolyn et al, The 20th Century Transformation of U.S. Agriculture and Farm Policy, Economic Information Bulletin Number 3, USDA, (2005) Figura 4

[4] Earth Policy Institute y USDA (United States Department of Agriculture)

[5] Krebs, Julius y Bach, Sonja, Permaculture—Scientific Evidence of Principles for the Agroecological Design of Farming Systems, Sustainability Journal 2018-10, p. 4

[6] Ferguson, Rafter Sass y Lovell, Sarah Taylor Diversification and labor productivity on US permaculture farms, Cambridge University Press, 2017, p. 3

[7] Ver el interesantísimo blog de Rich Thornton, All I Want For Christmas Is A New World

[8] Marx, Karl On the Jewish Question, MECW 3, pp. 162-163

[9] Marx, Karl El Capital, Libro III, Volumen 8, Siglo XXI (1984), pp. 1032-1033

[10] Marx, Karl Manuscritos de Economía y Filosofía, Alianza Editorial (1980), p. 147

Conquistar la tierra (I)

 “La abolición de la antítesis entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados… el hombre debe reintegrar a la tierra lo que de ella recibe, y… solo la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes, evita que esto se logre”[1]

Trabajar para vivir. Nada parecería más una condición humana general que tener que trabajar para vivir, tener que dedicar una parte importante de nuestra existencia a acciones cuya función no menor es que todas las otras partes puedan existir, todas aquellas acciones y pasiones que de conjunto llamamos vivir. Pero hay que frenar aquí, pues al interpretar el trabajo como una parte separada ya hemos ido demasiado lejos. Trabajar para vivir presupone que trabajar es una cosa, y vivir cosa muy distinta, presupone un modo de organización social en el que el trabajo ha quedado desnudo y a la intemperie, expuesto al mundo como aleatoriedad de condiciones y circunstancias que tanto pueden estar como no. Es el trabajo asalariado, y el mundo como capital.

La prehistoria del trabajo asalariado hay que buscarla en el largo proceso que condujo a esa separación que puso todas las condiciones de un lado y al residuo, que quedó del otro, puso el nombre de trabajo. La división social del trabajo, que por innumerables generaciones había decantado como el resultado de un proceso involuntario de alcances muy limitados, adquiere con aquella separación un dinamismo extraordinario. Este dinamismo peculiar, esta proliferación explosiva de diversos trabajos, solo fue posible con la aparición del trabajo abstracto, a partir del momento en que un cuanto de trabajo resultó esencialmente idéntico a cualquier otro cuanto, pura fuerza de trabajo aplicada medida por su tiempo de duración. Con la creciente división del trabajo, como afirma Durkheim, se acentúa la interdependencia entre los seres humanos. Pero esta es una interdependencia mediada por un trabajo que es abstracto, de manera tal que la forma misma que asume esta interdependencia es la del mero trabajar para otros, a cambio de condiciones que se presentan como radicalmente ajenas.

Es muy importante no perder nunca de vista que el trabajar para vivir está llamado a desaparecer junto con la separación de sus condiciones. Y que la división social del trabajo no ha de ser entendida de manera transhistórica, sino más bien como un resultado específico de esa separación. El marxismo tradicional ha prestado muy poca atención a las determinaciones que adopta el trabajo en el capitalismo, como asimismo al carácter históricamente específico de la división social del trabajo que se corresponde con esas determinaciones. Desde la perspectiva que aquel adopta, la abolición de la separación deja intactos al trabajo y a su división social, que en todo caso pasan a estar ahora involucrados con sus condiciones objetivas de manera directamente social. Pero siempre se presupone el mismo trabajo y la misma división, desarrollos históricamente específicos que parecerían poseer la capacidad de sobrevivir las condiciones mismas que les dieron origen sin mayores interrogantes.

Diversas razones pueden esgrimirse para explicar esta ausencia de interrogación. Una de ellas parece estar asociada con ciertas dificultades para pensar el pasado en el presente. Mayormente esta dificultad se traduce llanamente en la no problematización de la cuestión. Existen, asimismo, intentos por pensarla que la abordan desde una perspectiva que podríamos sintetizar como de retorno de lo reprimido. El pasado, entendido como valor de uso, como trabajo, como la materialidad misma, que resiste la violencia de la abstracción y lucha por sobreponerse a ella.[2] Si bien tenemos aquí un esfuerzo por desarrollar la reflexión, lo hace de todos modos aferrado a una concepción metafísica del pasado, según la cual la separación del trabajo de sus condiciones de objetivación, la acumulación primitiva, continúa vigente en el presente en un sentido existencial, y no como conservado (aufgehoben). El problema aquí es que se pierden de vista las transformaciones en el valor de uso, el trabajo y la materialidad —y por tanto en la forma misma de la separación, en la división capitalista del trabajo— como consecuencia de la dimensión abstracta que adopta el trabajo productor de mercancías. El trabajo que, en todo caso, resiste, no es el trabajo tal y como existía con anterioridad al modo de producción capitalista, sino el trabajo puesto por este último, el trabajo asalariado. No hay retorno al pasado, porque el trabajo a secas, el trabajo asalariado sin capital, nunca ha existido, y sin embargo el pasado se conserva en nuestro presente, puesto que el trabajo asalariado es la separación en su momento subjetivo. La abolición de la separación ha de ser la abolición del trabajo a secas, asalariado, tanto como de su polo opuesto, el mundo como aleatoriedad de sus condiciones y circunstancias, del capital.

Vamos a explorar entonces las implicancias que acarrea esta separación que nos hace trabajar para vivir. Para ello dividiré la reflexión en cuatro partes. En lo que sigue me detendré en las circunstancias que debieron afrontar los trabajadores en el período de generalización del trabajo asalariado, enfocándome particularmente en aquella separación que fue —y como veremos, es— condición de todas las demás, y que se manifiesta en forma desplegada como antítesis entre la ciudad y el campo. No me interesa aquí desarrollar los orígenes de esta antítesis, sino lo que esta representó para un trabajador de mediados del siglo XIX, y las consecuencias más generales que para la misma época extrajeron Marx y Engels concernientes al objetivo de emancipación social. En la segunda parte abordaré algunas cuestiones relativas al aspecto subjetivo de la separación y los intentos que se emprendieron, por fuera del marxismo, para establecer ciertos hitos ineludibles a tomar en consideración para la abolición de dicha antítesis. En la tercera parte, a modo de excursus, me referiré brevemente a una modalidad de crítica, diferente a la mía, que ha venido incorporándose a la crítica marxiana durante las últimas décadas y que, a mi entender, pierde de vista la compleja relación que existe entre las determinaciones sistémicas del capital y la manera en que estas afectan al mundo material, en particular sus implicancias para la antítesis entre ciudad y campo. En la parte final expondré algunos elementos que, junto a las contribuciones exploradas en la segunda parte, permitan delinear algunas condiciones del presente a las que deberíamos prestar atención en nuestro camino a la emancipación y al comunismo.

* * *

Retrocedamos primero a donde empezó todo. Allá por el año 1800, 5/6 de las tierras de Inglaterra habían sido ya cercadas y subsumidas al proceso de valorización del capital. Esto fue en parte consecuencia del proceso de cercamiento de las tierras comunales —enclosures—, una prolongada sucesión de impulsos parlamentarios, y acciones extra-parlamentarias, que había dado inicio alrededor de dos siglos y medio antes.[3] Como resultado de este proceso las tierras que hasta entonces habían sido utilizadas por los campesinos para hacer pastar sus ovejas, bueyes y caballos, pero también para obtener madera como combustible y material de construcción de los bosques, y los animales de caza que por milenios habían contribuido significativamente a la dieta rural, quedaron fuera de su alcance. Las enclosures vinieron a dar así un empuje definitorio a la primera gran migración de la historia del campo a la ciudad, que de todos modos ya venía bastante avanzada como resultado de la paulatina incorporación de la lógica capitalista a la producción agraria, cuyos antecedentes podemos rastrear tan atrás como a la difusión de la renta en dinero luego de la crisis del siglo XIV. A partir de mediados del XVIII la población rural campesina dispersa comienza un declive irreversible, al tiempo que las villas rurales crecen con la manufactura doméstica y los pequeños talleres, y las grandes ciudades con la gran industria. Para 1850 la población urbana en Inglaterra supera ya a la rural, cuando en los Países Bajos y Bélgica no alcanza todavía el 30%, y en Europa Central apenas llega al 10%.

Esta expropiación de la tierra iba a resultar decisiva para el nacimiento del asalariado libre urbano como nueva clase social mayoritaria en Inglaterra, y la consolidación de este país como potencia capitalista. Entre la década de 1820 y la del ’50 la producción industrial de hierro se multiplica por seis, mientras que a partir de 1850 la dependencia del trigo importado se dispara, resultado del crecimiento poblacional urbano y el simultáneo estancamiento rural.

La creciente incorporación de maquinaria a la industria —fundamentalmente con la difusión de la segunda máquina de Watt a partir de 1781—, junto con la rápida expansión del sistema ferroviario, repercuten a su vez sobre la demanda de energía primaria, empujando la minería del carbón. El desarrollo industrial demanda también más fuerza de trabajo, toda la que haya, todo el tiempo que se pueda: entre 1760 y 1830 las horas anuales que un asalariado urbano tiene que trabajar se incrementan en un 30%[4], al tiempo que la industria pasa de representar un cuarto del empleo total a un 43%[5]. Se llega a trabajar hasta 336 días anuales, a veces más. Pero también crece el ingreso real: para 1867 los trabajadores alcanzan un nivel de vida un 100% mejor que en el 1800.[6]

Es que a partir de aquel año los salarios reales anuales, que durante el siglo y medio anterior habían crecido lentamente, aceleran su ritmo—en parte por el aumento nominal de los salarios (+48% en los siguientes sesenta y siete años), en parte por la deflación de precios de los artículos del consumo obrero (-26%)—, solo que para ello ahora los trabajadores necesitaban dedicar más días cada año, y lo hacían enjaulados en las podridas ciudades industriales, sin las posibilidades y alternativas que prestaba la vida rural. De todas maneras, sesenta y siete años después un trabajador alcanza a ganar el equivalente a casi 4 canastas “respetables”[7]. Esto es importante: a partir de entonces el ingreso familiar alcanzará para mantener a todos los integrantes del hogar en condiciones humanamente dignas, al menos para los estándares de la época.[8]

El plusvalor absoluto —incremento en las jornadas laborales anuales— y el relativo —aumento de la productividad del trabajo y caída de los precios— parecen haber ido de la mano durante un largo trecho, al menos hasta que se empezaron a poner límites a la duración de la jornada laboral (primero a 10 horas, y a partir de 1889 a 8 horas) y al trabajo infantil. Esto tiene perfecto sentido, puesto que el capital vive de succionar trabajo vivo. Y si la productividad del trabajo disminuye el tiempo requerido para la fabricación de una mercancía esto no significa que se vaya a trabajar menos, sino lo mismo, y si es posible más aún. De cualquier manera no hay que perder de vista que las duras condiciones de trabajo ya están para esa época acompañadas de un mejoramiento del nivel de vida. Pero el nivel de vida no puede reducirse solo a su aspecto monetario. Las duras condiciones de trabajo y la alienación de la vida social en general tenían que provocar descontento. No obstante, no se presencia por entonces en Inglaterra un movimiento radical que amenace el orden monárquico, parlamentario y burgués. La actividad sindical es intensa, y va acompañada por luchas dirigidas al reconocimiento de la dignidad del trabajador y a su plena ciudadanía política y social. Más allá del flujo constante de riquezas proveniente de las colonias del Imperio, las condiciones mismas en Inglaterra favorecían la difusión y consolidación de lo que se iba a conocer como reformismo obrero.

Sin embargo, junto a las posibilidades de progreso que lentamente se abrían, y la presión del capital por extender las jornadas de trabajo, existía aún otro condicionante que obligaba al obrero a empujar hacia adelante, y es clave para comprender lo que queremos exponer aquí: es que no había vuelta atrás. No se podía, y probablemente ya no se quería volver atrás. Con todo lo dura que era la vida proletaria por entonces, también existía una pulsión urbana, un espacio público al que este proletariado pugnaba por incorporarse, y en el marco del cual mejorar su nivel de vida, incrementando su acceso a más y mejores bienes, a una vida confortable. Un espacio que, de hecho, sus propias acciones estaban ayudando a construir. Nada que ver con la vegetativa vida del mundo rural. Escribe Engels:

“sería completamente utópico querer, como quiere Proudhon, subvertir toda la sociedad burguesa actual conservando al campesino como tal. Sólo un reparto lo más uniforme posible de la población por todo el país; sólo una íntima relación entre la producción industrial y la agrícola, además de la extensión que para esto se requiere de los medios de comunicación —supuesta la abolición del modo de producción capitalista—, estarán en condiciones de sacar a la población rural del aislamiento y del embrutecimiento en que vegeta casi invariablemente desde hace milenios.”[9]

Marx no dejó de llamar la atención sobre la importancia del proceso de acumulación primitiva para la consolidación del capitalismo como modo de producción y de dominación social. La expropiación del campesino por el régimen de las enclosures y la transformación capitalista del campo son el presupuesto histórico para la existencia del asalariado libre, y este a su vez es el presupuesto lógico y dialéctico del automovimiento del capital. A partir de allí el capital pone por sí este presupuesto, lo que se conoce como subsunción real del trabajo al capital, el capital parándose e impulsándose sobre sus propios pies.

“dejad al rico trabajar solo por su cuenta, y dejad a los pobres trabajar juntos por la suya; los ricos en sus inclosures (sic), diciendo Esto es mío; los pobres en su Commons, diciendo Esto es nuestro, la tierra y los frutos son de todos.”

Gerrard Winstanley y los Diggers de 1649

Esta expropiación, esta pérdida del commons, ¿qué tan lejos había puesto la tierra de las manos de los trabajadores para la época de la publicación de El Capital?

* * *

Pobladores de Cotesbach en Leicester celebrando el 400º aniversario de protestas locales contra las enclosures.[10]

En 1867, año de publicación del primer volumen de El Capital, el salario de un trabajador no calificado masculino en Inglaterra ascendía a £36 anuales[11]. Al mismo tiempo el valor de una hectárea de tierra de cultivo era de £93 —a lo que hay que agregarle £9 de implementos de trabajo.

Tomando en consideración la suma de ingresos de un hogar obrero promedio, esto es, la suma de los ingresos de su integrante masculino y el proporcional que aportaba la mujer —de acuerdo a los salarios diferenciales por género, y por la diferente tasa de empleo de cada uno de ellos, de prácticamente el 100% en los hombres adultos y del 10% en las mujeres adultas casadas; tomando asimismo en cuenta un gasto del hogar correspondiente a 4,5 miembros promedio, incluyendo a los niños; considerando finalmente un consumo correspondiente a la canasta de “respetabilidad” de Allen —esto es, dejando por el momento todo otro gasto fuera del cálculo[12]—; el resultado es que el asalariado libre no podía reconquistar la tierra de no ser por vía revolucionaria.

Puesto en números: un hogar obrero inglés promedio de 1867 vivía al día y no tenía capacidad de ahorro alguna para poder comprar 1,7 has., mínimo indispensable para apenas sobrevivir de acuerdo a los precios y el rinde de trigo por ha. de la época, y además sin acceso a tierras comunales para pastar, obtener madera y complementar su dieta con la caza menor.

Pero, ¿por qué habría que conquistar la tierra?

Para Marx y Engels este era un tema crucial. Pues no se trata meramente de conquistar un medio de producción, sino de las implicancias revolucionarias que acompañan esta conquista. Como afirmaba Engels, la abolición de la antítesis entre la ciudad y el campo tiene que permitir que el hombre reintegre a la tierra lo que de ella recibe.

Zona Muerta del Golfo de México. Una Zona Muerta en un área marítima de hipoxia (menos de 2 ppm de oxígeno en disolución, debido al enriquecimiento con nutrientes, particularmente nitrogenados y fosfatos que provienen de las zonas de producción agrícola intensiva y que son arrastrados, en este caso, por el Mississippi. La superficie afectada en el 2017 era de entre 15.000 y 18.000 km2

Por ello, conquistar la tierra es al mismo tiempo revolucionar todo nuestro modo de vida. Ambos aspectos están inextricablemente ligados. De hecho, hoy la situación es cualitativamente peor que en 1867, porque a la podredumbre que vuelcan las ciudades al mar (y que no devuelven a la tierra) hay que sumarle los efectos que la Revolución Verde ocasionó y todavía ocasiona con el derrame gigantesco e indetenible de esos nutrientes que no retornan, y que amenazan inmensos ecosistemas marinos y reservorios profundos de agua continental.

La conquista revolucionaria de la tierra no implica exclusivamente su puesta en común para toda la humanidad, sino una relocalización completa de las personas sobre la superficie del planeta, puesto que el único obstáculo es la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes. Precisamente el obstáculo que impide que el hombre reintegre a la tierra lo que de ella recibe. Este proceso de relocalización y reintegración necesariamente habrá de ser exasperantemente lento, porque afecta sin remedio a su otro polo, el de toda una estructura productiva y una población localizadas en las grandes urbes, cuyas sinergias, comportamientos y hábitos, pero también esperanzas, imaginarios y proyecciones están impregnados de modos de vivir y trabajar urbanos. Imaginemos por un instante el grado y extensión de la autoconsciencia, la sincronía en las prácticas sociales, y hasta la creatividad individual y colectiva que habremos de involucrar en esta transformación. No hay mega-plan que pueda resolverlo: la conquista de la tierra demanda una reformulación completa del imaginario comunista. Como sostienen John Clegg y Rob Lucas, es preciso pensar en términos y escalas apropiados a una tercera revolución agrícola.[13]

En los párrafos finales de Génesis de la Renta Capitalista de la Tierra, Marx realiza un contrapunto entre agricultura en pequeña y gran escala. Más allá de sus diferencias, “en ambas formas, el lugar del tratamiento consciente y racional del suelo en cuanto propiedad colectiva eterna, condición inalienable de existencia y reproducción de la serie de generaciones humanas que se relevan unas a otras, es ocupado por la explotación y despilfarro de las fuerzas del suelo.”[14] La gran propiedad territorial intensifica la antítesis entre la ciudad y el campo. Por otra parte ambas formas de propiedad, en tanto que constituyen formas de propiedad privada de la tierra, constituyen “barreras y obstáculos opuestos a la agricultura.”[15]> Sin embargo existen problemas característicos asociados a la pequeña propiedad rural, pues esta “presupone que la parte inmensamente mayor de la población es rural, y que predomina no el trabajo social, sino el trabajo aislado; que, por consiguiente, bajo tales circunstancias queda excluida la riqueza y el desarrollo de la reproducción, tanto de sus condiciones materiales como espirituales, y por ende asimismo las condiciones de un cultivo racional.”[16] Al mismo tiempo “crea una clase de bárbaros situados a medias fuera de la sociedad, que aúna toda la tosquedad de las formaciones sociales primitivas con todos los tormentos y todas las miserias de los países civilizados.”[17]

Los términos del problema han sido expuestos:

1) La conquista revolucionaria de la tierra consiste no solo en su puesta a disposición de todos sino además en la transformación revolucionaria tanto del modo de ocupación del suelo y de distribución poblacional como del entero modo de producción. En definitiva, la superación progresiva de la antítesis entre la ciudad y el campo.

2) La propiedad privada de la tierra, en cualquiera de sus formas, constituye por sí misma una barrera y obstáculo a la agricultura.

3) El tratamiento consciente y racional del suelo no puede ser llevado adelante por la gran propiedad territorial, por supuesto, pero tampoco por la pequeña, debido a que los campesinos, aislados, están excluidos de la riqueza y el desarrollo de la reproducción, tanto de sus condiciones materiales como espirituales.

De hecho, el primer término se resuelve en los otros dos. La capacidad de un tratamiento consciente y racional, y la existencia de un suelo a disposición de individuos sociales, comunistas, son las premisas para la abolición de la antítesis entre campo y ciudad.  ¿Cuánto se ha avanzado en el último siglo y medio al respecto? ¿Contamos hoy día con conocimientos y condiciones espirituales que nos permitan al mismo tiempo ensayar un tratamiento consciente y racional del suelo y evitar el modo de vida aislado y vegetativo de la ruralidad del siglo XIX? ¿Qué tan lejos estamos, realmente, de poder poner al suelo a disposición de los individuos sociales? ¿Qué características mínimas poseería la disposición comunista del suelo?

continúa en Parte 2


Notas

[1] Engels, Friedrich The Housing Question, Marx-Engels Collected Works 23, p. 384 (1872-73).

[2] Para un análisis más detallado de esta perspectiva ver mi crítica a Bonefeld y a Albritton.

[3] Wordie, J. R. The Chronology of English Enclosure, 1500-1914, en The Economic History Review, New Series, Vol. 36, No. 4 (Nov., 1983), p. 502

[4] Voth, Hans-Joachim The Longest Years: New Estimates of Labor Input in England, 1760-1830, en The Journal of Economic History, Vol. 61, No. 4 (diciembre 2001), Cambridge University Press, tabla 6. Ver también Humphries, Jane y Weisdorf, Jacob Unreal wages?

[5] Ibíd., tabla 7

[6] Estimación propia en base a Humphries, Jane y Weisdorf, Jacob Unreal wages? Real income and Economic Growth in England, 1260–1850, The Economic Journal, 129 (octubre 2019), Oxford University Press, Apéndice, tabla 4, y las series temporales de Clark, Gregory y Allen, Robert C.

[7] La canasta de “respetabilidad” de Allen consta de alimentos apropiados (incluye cerveza) para 2.100 calorías diarias por persona promedio, así como combustible, velas, jabón, lino para vestido y la renta de la vivienda. Hoy sería considerada una canasta muy básica—más que una línea de indigencia pero menos que una de pobreza—pero para la época se considera como algo digno, dado que incluía calorías y proteínas de alto valor relativo como pan, carnes y manteca, y que superaba tanto en cantidad como en calidad las dietas de los trabajadores del resto del mundo. Cf. Allen, Robert C. Poverty Lines in History, Theory, and Current International Practice, University of Oxford, Department of Economics, Discussion Paper Series nº 685, (diciembre 2013), tablaA1

[8] Desde 1825 los salarios reales en Inglaterra superan ya ampliamente a los de Amsterdam, Viena, Florencia, Delhi y Beijing. Cf. Allen, Robert C. The high wage economy and the industrial revolution: a restatement, Economic History Review, 68, 1 (2015), p. 7

[9] Engels, op. cit. itálicas agregadas

[10]Fairlie, Simon, A Short History of Enclosure in Britain, 2009

[11] Estimación propia en base a Clark, Gregory Average Earnings and Retail Prices, UK, 1209-2017, University of California (2018), tabla 16, y Humphries y Weisdorf (octubre 2019), tabla 2

[12] Para la estimación se emplearon datos de Tasa de Participación de las Mujeres de Killingsworth, Mark R. y Heckman, James J. Female Labor Supply: A Survey, en Handbook of Labor Economics, Vol.I, Elsevier Science Publishers B V (1986), tabla 2.7; para el diferencial masculino-femenino de salarios Humphries, Jane y Weisdorf, Jacob The Wages of Women in England, 1260‐1850, en The Journal of Economic History, 75(2) (2015) tabla A1; para el precio de la tierra, estimación propia en base a Lloyd, Tim Present value models of agricultural land prices in England and Wales, PhD Tesis de la University of Nottingham (1992), tabla A5 y la Base de Datos de DEFRA (Department for Environment, Food and Rural Affairs, UK); para los inputs de capital Clark, Gregory The Agricultural Revolution and the Industrial Revolution: England, 1500-1912, University of California (2002), tabla 4

[13] Clegg, John y Lucas, Rob (Endnotes) Three Agricultural Revolutions, The South Atlantic Quarterly 119:1, Duke University Press (enero 2020). De todos modos, Clegg y Lucas no llegan lo suficientemente lejos en su razonamiento, reduciendo la tercera revolución agrícola a una “cuestión de logística”. Regresaremos a ello más adelante.

[14] Marx, Karl El Capital, Libro III, Volumen 8, Siglo XXI (1984), p. 1033

[15] Ídem.

[16] Ibíd. pp. 1033-34

[17] Ibíd. p. 1034

Antagonismo, contradicción y emancipación (II)

Sobre la crítica de robert albritton a Moishe Postone

¿Cuál es el núcleo del capital? ¿Qué interrelación precisa se da entre las categorías del núcleo del capital con las demás categorías de una sociedad capitalista? ¿Cómo el nivel lógico más abstracto se relaciona con los niveles más concretos? Estos interrogantes, que a primera vista pudieran parecer apropiados exclusivamente para debates filosóficos de alta costura, poseen en verdad una significación profunda para los comunistas. Esta significación puede ser reconocida de forma manifiesta o, como es más habitual, implícitamente considerada, pero de cualquier modo siempre está presente cada vez que intentamos responder a la pregunta: en la superación de la sociedad capitalista, y en el establecimiento de relaciones sociales comunistas entre las personas, precisamente, ¿qué hay que cambiar?

Esta pregunta, simbióticamente asociada con la cuestión más general de la emancipación —que incluye asimismo interrogarse sobre el cómo, y con qué— ha recibido durante los últimos sesenta años aproximaciones que se han ido distanciando progresivamente de los marcos interpretativos heredados del marxismo de las II y III internacionales, según los cuales el núcleo consistía en la apropiación privada de los medios de producción, y su solución la colectivización. Y sin embargo la cuestión de ningún modo está saldada.

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